miércoles, 8 de marzo de 2017

Breve encuentro

Lleno de bártulos como estoy, con el abrigo en una mano, el bolso del tupperware en la otra y la bufanda ya absuelta de la condena de mi cuello, para mí es un alivio llegar a sostener la puerta del bloque antes de que se cierre por la inercia de quien la ha abierto antes, y no tener así que rebuscarme en las entrañas del bolsillo para sacar la llave y repetir la operación. Me apresuro y consigo entrar en el portal, a duras penas, después de una agotadora jornada de trabajo.

La que ha empujado antes la puerta ha sido la vecina del sexto. La reconozco por la voz, pues está hablando justo en este momento por el móvil. Es la misma voz que se enojó conmigo, a través del telefonillo, una vez que me dejé la puerta del ascensor abierta en nuestro piso del ático. Aún recuerdo sus gritos: "¡Es que no tienes cuidado! ¡No sabes ni cerrar una puerta!". Claro, aquel día todos los vecinos tuvieron que subir andando. Desde entonces no la he vuelto a escuchar. Una conversación serena quedó pendiente. Será por eso que cuelga el teléfono y me analiza detenidamente.

Sí, soy yo, el que se deja las puertas abiertas, intento hacerle entender con la mirada. Si tienes que algo que reprochar, dilo ahora o calla para siempre. El ascensor tarda en bajar y ella permanece inquieta conmigo en el rellano, como muerta de vergüenza después de aquellos gritos que me profirió. Mujer, no es para tanto, siento la tentación de decirle, pero también yo siento vergüenza. Cometí un error, ella cometió otro, y bueno, ambos se anulan, ya está. Ya podemos hablar del tiempo, de la compra, de que cerró la peluquería, de la vida en el barrio. Ya fue.

Pero ella sigue sin decir ni pío, incapaz de tener un gesto de cortesía, quizás aún rencorosa. ¿Tanto le pudo haber afectado subir andando? ¿Venía cansada aquella noche? ¿Borracha?  El ascensor y nada más. Voy al último, digo, pero ella no responde. Mutis. Pulsa el sexto y se acabó. Me sitúo en el extremo del ascensor, como un niño castigado en el colegio, mirando hacia el suelo. Los pisos pasan con una lentitud exasperante. Entresuelo, uno, dooos, treeeees, cuaaaaaaaatro, ciiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinco, pordiosqueseacabeyaestemomento. Seis.

"Ciao", dice. Su adiós suena aliviado, como a disculpa.

Y por fin entiendo. Ni se acordaba de mí. Claro, nunca me ha visto antes en persona. Solo aquella discusión vía interfono. Cómo saber que era yo, el de la voz andaluza, este mismo hombre del abrigo que viene acelerado. Cómo distinguir a quien nunca viste en persona. La vecina sólo ha visto un hombre apresurándose por entrar a la par de ella en el edificio. Solo ha visto un hombre que quería montar en su mismo ascensor. Sólo ha visto un hombre que quería hacer su mismo recorrido. Solo ha recordado las noticias durante estos primeros meses del año, las páginas de sucesos, las estadísticas de la radio, las necrológicas. Solo ha sentido miedo.




#NiUnaMenos  



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