miércoles, 10 de mayo de 2017

Siempre nos quedará París

Hoy he jubilado este tarjetero. Lo he usado estos últimos años pero ya no da más de sí. Se cae a pedazos. Era de mi abuelo. Guardo en la memoria la imagen de él doblando escrupulosamente los billetes y metiéndolos dentro. No es de extrañar, le acompañaba al banco cada semana. Contando y ordenando billetes era el mejor. 

Para todo lo demás, en su opinión, el mejor era yo. Daba igual la disciplina a la que me dedicara. Si era químico era el mejor, si jugaba al fútbol era Maradona, si era guía de bodegas era inigualable, si no hacía nada, también era el mejor. Cuando descubrió que escribía, por supuesto, me convertí en su escritor favorito. Me decía que iba a llegar muy lejos, que iba a conquistar el mundo, que iba a vender muchos libros, que no tenía la más mínima duda. 


Puede que esa fe tan irracional como inquebrantable sea a lo que me he aferrado todos estos años para seguir escribiendo. Hoy, que voy a París a comentar el "Yo, precario" con un grupo de alumnos de filología que han tenido el valor de traducirlo al francés, siento que, como un equipo, estamos un paso más cerca en nuestro propósito de conquista. 

C'est pour toi, grand-père.